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Posts Tagged ‘papá’

Siempre me sorprendió el parecido que tienen los chinos entre sí, como si fuesen todos una gran familia que tomó un país como casa y se quedó ahí a seguir reprocreando.

Llegué a tener la leve sospecha de que en realidad los chinos no son humanos, sino que son fruto de una maquina grande donde jalás una palanca y sale un chino, la volvés a jalar y sale otro chino. Y además el hombrecito que jala la palanca no se toma nunca franco, ni descansos, ni vacaciones ni nada, porque siempre, sea donde sea, hay chinos sueltos por todos lados.

A todo esto hoy recordaba aquella vez que, con tan sólo 4 años, mi padre me explicó algo que hasta el día de hoy no recordaba, un dato muy importante sobre los chinos:

Papá:

…Para nombrar a un chino bebé, un chino adulto se sube a una escalera y estando ahí arriba saca una moneda de su bolsillo, la tira al suelo y escucha atentamente el ruido que esta hace. Según el ruido que la moneda haga, así será el nombre del chinito…

Aquella vez yo me quedé sorprendida ante semejante descubrimiento. Lo primero que pensé fue “¡Con razón Tin Tin se llamaba Tin Tin!” Los chinos eran más inteligentes que nosotros, y no andaban poniéndoles nombres pedorros a los hijos, como Yésica, Jonathan, María o Pedro (cualquier lector con dichos nombres no se sienta ofendido, sientase miserable por tener ese nombre) Ellos la hacían más simple, tirando una moneda se ahorraban todo el asunto. La cosa la decidía la suerte, encima después  se ahorraban el reclamo de los hijos ante un nombre horrendo y con tendencia a cargadas.

Hoy, ya 15 años desde aquella explicación no se me había ocurrido que esa historia sobre los chinos era mentira y que mi padre me estaba tomando el pelo, aprovechándose de mi inocencia. Nunca me había puesto a meditar sobre ese asunto, porque ese día le encontré mucho sentido y además la cara de mi padre era muy seria, como si me hubiese compartido un poco de su sabiduría. No recuerdo que se ríera, ni que se sonriera siquiera. La verdad es que ese día me engañó de tal manera que tardé 15 años en descubrir semejante burla.

Hoy me quito el sombrero ante tan buen mentiroso, porque a pesar de ser un tipo gruñón, insufrible, pesado, renegón, mal llevado y peleador, mi viejo me contó la verdadera historia de los chinos y nunca, en todos estos años, me dijo que eso era un chiste nada más. y lo hizo tan bien que jamás dudé de ella. Y creo que esa era la idea, que yo lo descubriera por mi propia cuenta y me entendiera que a pesar de ser gruñón, insufrible, pesado, renegón, mal llevado y peleador, también es un buen padre.


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Esa extraña mujer

Mi papá una vez me contó algo que todavía cuando me acuerdo me mato de la risa.

Resulta que un día estaba parado en alguna calle de Capital Federal mirando una vidriera cuando se le acerca una mujer que le ofrece sus favores de dama.

Mi padre la mira y le sonríe y le dice “no, gracias, no quiero”. A lo que la mujer le dice:

-A mi me parece que vos sos un maricón.

Papá: “Los favores de un dama no hay que pagarlos, hay que ganárselos”.

Extraña Mujer: “ay, como que vos sos muy de ganarte los favores de las mujeres ¿no?”.

Papá: “A mi las mujeres no me hacen favores, me hacen Honores”

La mujer lo mira. Media sorprendida por la extraña respuesta de mi padre y le dice “Igual, para mi que vos sos maricón”.

Entonces mi padre le contesta “Y para mi que vos me querés sacar plata. Chau”.

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Hay días que parece que el sol no ha salido a brillar como siempre lo hace. Esos días son tristes, largos, solitarios. Hay días amargos como el día de hoy.

A veces saco cuentas simples y me doy cuenta de lo mucho que me ha costado llegar acá mismo, a mis 19 años y todo lo que vine recorriendo, sola, desde muy pequeña. Nadie ve esa parte de mi, tal vez ni les importa. Pero me cansé de explicarlo, me cansé de contar un poco lo que siento, de abrir mi corazón y dejar salir todo lo que amarga mis días. Porque después de todo a nadie le viene ni le va.

Todo el mundo tiene que doblar la apuesta: Si yo tengo un perro, siempre aparece uno que tiene un perro que habla. Si yo tengo un perro que habla, viene otro que tiene un perro que habla en dos idiomas distintos. Todo el mundo está dispuesto a criticar y ejemplificarse como si fuesen los seres más agraciados por las divinidades. “Si yo fuese vos…”, “Yo en tu lugar…”, “Porque la verdad que vos hiciste mal eso…” Aunque mucha pelota no les doy, que es lo mejor que puede hacerse, también viene al caso decir que en un día como hoy no viene de perlas cruzarte con uno de estos estúpidos.

Antes de venir a vivir a San Pedro vivía con mi papá, mi mamá y mi hermano. Tenía una vida de mierda: Dormía 3 horas por día, iba a una escuela técnica de doble turno (Y tenía gimnasia los sábados a las 8 de la mañana) mi hermano compartía la pieza conmigo y ensuciaba todo, luego lo tenía que limpiar yo bajo amenazas. Casi todos los días me daban una paliza por alguna estupidez o me gritaban e insultaban mucho. Me la pasaba todo el resto del día encerrada leyendo, salvo a la tarde que iba al cyber.

Mi papá me acompañaba a la escuela a las 7 de la mañana, porque la escuela quedaba lejos y porque a mitad de camino había un hospital en construcción, lo cual indica que hay obreros que te gritan de todas las obsenidades que se les viene a la mente. Pero mi papá me acompañaba de mala gana. Se subía en la bicicleta y arrancaba, y yo debía correr detrás para alcanzarlo.

A veces me llevaba en la bicicleta y tenía que ir todo el camino escuchando lo mismo de siempre: Lo felíz que él hubiera sido si no hubiesemos nacido, lo mal que estaba él, sus dolores, sus broncas, las peleas que había tenido con mi madre. También tenía que escuchar que me llamara “sorete” directamente, a mi y a mi hermano “son unos soretes” y la alegría que iba a tener cuando nosotros nos fueramos de la casa.

Yo llegaba a la escuela con lágrimas asomándome, con un nudo en la garganta y un temblor en la panza que me duraba mucho tiempo. A veces se me pasaba a la hora, u hora y media. A veces me duraba todo el día y cuando volvía a mi casa lo volvía a ver…y se hacía peor mi angustia.

Pero como mis compañeros de escuela eran casi como hermanos, pues pasábamos todo el día juntos, yo tenía que sonreir, para no contagiar esa amargura. Ellos no merecían eso, yo no tenía derecho alguno a arruinarles el día como me lo habían arruinado a mi.

Hoy me acuerdo de todo eso y se me escapan unas cuantas lágrimas. Vengo soportando todo esto y sigo en pié, con la fuerza que todavía me queda y con Angellore a mi lado que me ayuda. Pero no puedo…hay días que no puedo sonreir.

Hay días que me acuerdo de esto y de otras cosas más. La cabeza me da puntadas muy fuertes como si me clavaran cuchillos en las sienes, de noche me despierto sintiendo el ardor en las piernas que sentía al correr detrás de mi papá durante esas mañanas, me descompongo y me mareo, me siento triste y angustiada y no puedo estar bien.

Hay días que parece que el sol no ha salido, hay días amargos como aquellas mañanas y hay días amargos como el día de hoy, que me acuerdo de todo eso y más.

Pero tengo que ser fuerte.

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